MOVIMIENTOS CORPORALES Y MOVIMIENTOS DEL ÁNIMO

MOVIMIENTOS CORPORALES
Y MOVIMIENTOS DEL ÁNIMO

(Una señora y un psicólogo conversan en una sobremesa)


           
Dama.-¿Dice usted que sus conocimientos psicológicos le permiten comprender la intimidad de mi alma?
Psicólogo.-   Cierto, aunque no en la totalidad de sus aspectos; pero sí en muchos de ellos, y en cierto sentido mucho mejor que usted misma.
Dama.-  ¡Gran temeridad la suya! ¿Cree realmente que me manifiesto tal y como soy?
Psicólogo.-  Podrá contenerse con un esfuerzo de voluntad; pero la traiciona lo esencial de su alma, a pesar de que interponga inteligencia y voluntad para impedirlo. Excitan en tal manera los estímulos del ambiente, que constantemente manifestamos parte de nuestra alma.
Dama.-    ¿Como dice? ¿Aunque ni lo sepa ni lo quiera...?
Psicólogo.-  ¡Sí ! Todo movimiento del cuerpo exterioriza un estado anímico. Ya los animales inferiores...
Dama.-  ¡Ah! ¿Me "rebaja" hasta los animales?

Psicólogo.-  ¡En modo alguno! ¡Si hasta la concedo que posee usted un "alma espiritual" de que carecen los animales! Empero en los estratos inferiores de la naturaleza humana existe algo que nos asemeja a los animales, de cuyo "algo" dimana que comprendamos a los animales y que los animales nos comprendan...
Dama.-    ¡Bah! ¿Pretende entender el lenguaje de los pájaros? Sigfrido necesitó beberse la sangre del dragón...
Psicólogo.-    No es necesario, pues comprendemos e interpretamos las manifestaciones de los instintos sin necesidad de recurrir a bebidas mitológicas. Penetramos directamente el sentido de los movimientos de voracidad, de espanto y de sexualidad de los animales, en los que se muestra tan pródiga y exquisita la Naturaleza.
Dama.-  ¿Esos movimientos tienen un "significado"?
Psicólogo.-   Sí, un sentido biológico, pues los movimientos de los animales persiguen una necesidad vital: la voracidad sirve a la nutrición, el espanto a la defensa.
Dama.-  ¡Poca psicología hace falta estudiar para comprender una cosa tan sencilla!
Psicólogo.-    Exactamente; y eso quiero decir cuando afirmo que comprendemos a los animales estudiando las leyes generales que gobiernan su vida. Un instinto es una serie de impulsos tendentes a determinada finalidad, tan innatos a cada ser como lo son los órganos al servicio de los respectivos instintos. El instinto conduce habitualmente al animal con toda seguridad (dentro de un esquema general) a la satisfacción de la totalidad, de sus necesidades vitales. Ahora bien, el instinto es multiforme en sus particularidades.
Dama.-   ¡Bien!; pero el hombre se diferencia de los animales en que tiene "inteligencia", mientras que el instinto es una propiedad exclusivamente animal.
Psicólogo.-    Ofendería a usted, queridísima señora, y mentiría si afirmase que se hallaba usted "desprovista de instintos". Cierto es que usted puede valerse de una inteligencia al mismo tiempo que se ponen automáticamente en juego sus instintos; pero estos últimos gobiernan su vida con mucha mayor eficacia de lo que usted presume. ¡Acaso sus instintos sean más agudos y perfectos que en los animales!, tanto que, frecuentemente, llega usted con sus instintos allí donde muchas veces no alcanza la inteligencia. Por ejemplo, cuando viaja de pie en el metro o en el autobús, éstos hacen paradas de vez en cuando y cuando hacen dichas paradas, entonces mantiénese usted inmóvil para guardar el equilibrio, haciéndolo sin "reflexionar", con tanta rapidez que es imposible que haya intervenido la inteligencia. Crea que la inteligencia no es en muchos casos el mejor guía de nuestra vida. Los nenes dejan de mamar instintivamente tan pronto como han saciado su apetito, mientras que, no obstante su "inteligencia", el hombre incurre frecuentemente en gula.
Dama.-  ¿Entonces los animales "no piensan"?
Psicólogo.-    Discuten acaloradamente los biólogos cómo y cuándo se da conciencia en los animales; pero tenemos la certeza de que la conciencia animal es muy distinta de la humana, circunscribiéndose en los animales inferiores a vagas sensaciones. Asimismo, sabemos ciertamente que tampoco piensan, al menos en el sentido humano; esto es, carecen de una clara percepción de los fines.
Dama.-  ¿Entonces considera usted a los animales como máquinas?
Psicólogo.-  ¡Al contrario! Ya le indiqué antes que su actividad es perfectamente teleológica y variable y es dirigida por un sentido. Aun los movimientos de las plantas son teleológicos. Pero la cuestión de la conciencia, que tanto interesa a los profanos, tiene una importancia secundaria para los biólogos.
Dama.-   Pero ¿confunde usted la "conciencia" con la "inteligencia"?
Psicólogo.-   También me comprende mal. Queda usted satisfecha de su criado si éste ejecuta sus órdenes fielmente interpretadas; pero la molesta que el criado tenga "ideas" sobre la orden que debe cumplir, sin que por ello niegue usted que el sirviente la ha "comprendido". Esta usted segura del amor de su esposo si le presume espontáneo, pero le amargaría que le hubiesen llevado al matrimonio otros pensamientos que los amorosos.
Dama.-  ¡Ya sé que el amor depende del "sentimiento"!; pero también el sentimiento es "conciencia".
Psicólogo.-   Cierto; pero seguramente que se satisfacerla usted exclusivamente con la "conciencia afectiva". Tras del sentimiento se esconde algo inconsciente, una actitud ante la vida cuyo sentido depende de la relaciones con usted misma. Jamás creerá usted en la fidelidad de su esposo si su conducta contradice sus palabras.
Dama.-  Entonces, ¿que piensa usted del amor?
Psicólogo.-    Simplemente, que se trata de substratos instintivos que radican en la profundidad del alma, ya que residen en la subconsciencia, pues aunque el "alma" tiene conciencia, ella no es consciente de si misma. Cuando "nos damos cuenta" de por qué amamos a otra persona, entonces no la amamos muy  profundamente.
Dama.-  ¿Y cómo conoceré el amor de mi esposo, si él mismo no sabe que me ama?
Psicólogo.-    Yo no digo que él no lo sepa. Yo digo que lo esencial en el amor no es el conocimiento, sino la conciencia. La naturaleza del alma amorosa se manifiesta en todas partes y con mucha mayor pureza en los movimientos completamente instintivos. Mayor significación que las palabras, tiene el brillo de la mirada, la sonrisa, ciertas inflexiones de la voz.
Dama.-   Por tanto, ¿piensa usted que el alma sea algo corporal?
Psicólogo.-  ¡En modo alguno! Limítome a indicarle que los movimientos corporales tienen siempre una significación espiritual, por que encierran sentimientos; jamás son mecánicos. Tal repercusión de lo anímico en lo corporal permite que deduzcamos los movimientos espirituales de los movimientos corporales, con tanta mayor evidencia cuanto más inconscientes e instintivos sean, por lo cual algunos filósofos helénicos hablaron del alma como algo "moviente".
Dama.-     ¡Que raro! ¿He de querer a mi marido sólo por sus movimientos?
Psicólogo.-  No por algunos movimientos, sino por el comportamiento general, reflejado en todos sus actos, mediante los cuales se manifiesta su "carácter", espejo del "alma". ¿Podrá usted asegurarme que el carácter es equiparable a la "conciencia"?

EL SENTIDO DE LOS MOVIMIENTOS "SIN SENTIDO"


Dama.-    Paréceme que se contradice. Primero afirma usted que todos los movimientos se hallan al servicio de la vida, y para demostrarlo pone el ejemplo de la risa. Frecuentemente pienso que en ocasiones hacemos movimientos tan sin sentido como reírnos, llorar o temblar.
Psicólogo.-    A tales movimientos los denominamos "movimientos de expresión", y no siempre reflejan un auténtico estado del ánimo, pues el movimiento que se produce no es el desencadenado primariamente, al menos cuando nos comunicamos con las gentes.

Dama.-  ¡Exactísimo! Cuando estamos solos lloramos o reímos con toda libertad, no cuando estamos en presencia de otras personas.
Psicólogo.-  Tales movimientos tienen un sentido biológico, pues responden a la descarga del estado de tensión nerviosa interna: son una "abreacción", como decimos los psicólogos. Trátase de movimientos de descarga cuya finalidad es interna, no externa. Para que se mantenga el equilibrio psíquico es necesario que se abreaccionen la excesiva alegría o la demasiada tristeza. Con razón se dice que el llanto "desahoga". Terminamos por suspirar cuando observamos que rompe a llorar una persona abrumada por el dolor  y que al principio tuvo los ojos secos. El suspiro, en este caso, es también un movimiento de descarga.
Dama.-  ¿Como se explica que las gentes rían o lloren precisamente para desahogarse?
Psicólogo.-  Dichos movimientos son con frecuencia tan innatos como otros instintivos tendentes a finalidades externas, además de que tales abreacciones tienen cierto significado. Observamos en el famoso cuadro de "La cena", de Leonardo, que luego de que el Señor anuncia la traición, uno de los apóstoles jóvenes muestra las palmas de las manos para significar su inocencia. Pensando en un enemigo cerramos los puños, como si quisiéramos derribar al enemigo ausente, "aliviando" así nuestra cólera; esto es, abreaccionándola. (El psicólogo representa la escena).
Dama.-   (riendo). ¿Es que ahora abreacciono al reírme?
Psicólogo.-   Parcialmente sí, desde el momento que encuentra ridícula la situación o mis gestos; pero si hubiera representado bien la escena, su risa serviría para significarme cierta simpatía, como en el teatro cuando se aplaude al actor.
Dama.-  Ya suponía que el aplauso en el teatro era una abreacción; pero también significa nuestro agradecimiento al artista.
Psicólogo.-    En realidad, los movimientos primarios de descarga son tan expresivos que en la vida social sirven como signos de inteligencia entre las gentes, de manera que, además de la expresión de los propios sentimientos, tienen por objeto impresionar a otras personas.
Dama.-  ¡Luego son conscientes!
Psicólogo.-    No en todos los casos. Cuando antes se rió lo hizo semiinstintivamente, no con plena conciencia; pero concedo que la conciencia gobierna en cierta manera el sentido de los movimientos de expresión de nuestra alma. Así, por ejemplo, nuestras palabras son instintivas, pero se hallan fuertemente espiritualizadas, esto es, subordinadas al pensamiento; por lo cual la palabra deja de ser una mera expresión de nuestra naturaleza.

EL AMOR CON EL CORAZÓN ¿TIENEN ALGO QUE VER?

Dama.-    Puesto que tan amablemente me ha demostrado usted que a los movimientos del ánimo corresponden movimientos corporales, explíqueme ahora por que palpita el corazón cuando nos excitamos o se rebela el estómago cuando nos enojamos.
Psicólogo.-   Su pregunta roza uno de los problemas psicológicos mas arduos e interesantes, pues continuamente se producen complicadísimos movimientos internos, cuyas relaciones con la vida psíquica se explican muy incompletamente. El vulgo acierta en alguna manera cuando localiza en el corazón el amor y otros sentimientos. También se dice que el vientre es el lugar del miedo, expresión que ha de comprenderse en sentido figurado.
Dama.-    ¡Mal gusto tiene usted en sus comparaciones!
Psicólogo.-  El buen gusto se refiere exclusivamente a lo externo de la vida; pero cuando tratamos asuntos biológicos debemos expresarnos biológicamente. Mucho más la molestará a usted que la diga que nuestra vida espiritual se relaciona con las glándulas de secreción interna, pues las secreciones internas influyen, por exceso o defecto, en nuestros sentimientos, e incluso pueden modificarlos. Los sentimientos que se establecen entre personas de distinto sexo débense en parte a las secreciones internas de las glándulas sexuales.
Dama.-    ¡Que repugnante convertir el amor en una combinación química! ¿Esto sí que no lo admito!
Psicólogo.-  Claro está que el amor no es "exclusivamente" un combinación química; pero no se puede usted ofender si le demuestro que los encantos de su rostro dependen en último término de los procesos químicos que tienen efecto en el organismo. El rosado de vuestras mejillas, el brillo de vuestros ojos...
Dama.-  Agradezco todavía que no lo atribuya usted a la química "externa"!
Psicólogo.-     Es fácil comprender lo que digo, ya que frecuentemente nos valemos de substancias químicas para influir sobre el estado de nuestro ánimo, por ejemplo, cuando bebemos una taza de café o un vaso de vino, que estimula la actividad del corazón, acelera el curso de la sangre y con ello se influye sobre los procesos químicos orgánicos internos.
Dama.-  ¡Que empeño tiene en embrollar una cosa clarísima!. Ya dije antes que estoy conforme en que el corazón palpita cuando me excito; ¿pero me convencerá de que el estado de mi ánimo sea un efecto de las palpitaciones del corazón?
Psicólogo.-   El problema que usted plantea se ha discutido sobradamente por los modernos psicólogos, concretándolo el norteamericano James en la siguiente fórmula: <>.
Dama.-   ¡Que absurdo! ¿No se llora también de alegría? ¿Será entonces también la alegría la consecuencia del llanto?
Psicólogo.-    Idéntica objeción se hace por eminentes psicólogos, sin fundamento suficiente. Ha comprendido usted el llanto muy externamente, solo como secreción lagrimal.
Dama.-   Pues ¿qué es el llanto?
Psicólogo.-     No lloramos solamente con las glándulas lagrimales, sino con todo el organismo, pues el llanto influye sobre los latidos del corazón, sobre la respiración, que a su vez influyen sobre el curso y composición de la sangre, ello aparte de las <>. Reflexionando sobre estos fenómenos, el problema se plantea en muy distinta manera, o bien comprendemos que los mencionados procesos internos ocurren muy distintamente con el llanto alegre que con el triste, sabiendo cada uno en su interior cuándo llora de pena o de júbilo.
Dama.-   Pero en todos los casos el llanto será la <>, no la <> de la tristeza.
Psicólogo.-    La refutación es facilísima. Cuando tomamos un sedante, tranqulízase el corazón y disminuye la tristeza.
Dama.-    Según eso, atribuye usted a los procesos orgánicos importantes la causa de los movimientos afectivos.
Psicólogo.-    ¡En modo alguno! Habitualmente se aplican mal los conceptos causa y efecto al compuesto alma-cuerpo. No se trata de una acción <>, sino <>, traducida unas veces en manifestaciones psíquicas y otras veces en síntomas corporales; pero ninguno de ambos casos puede dudarse de las íntimas conexiones entre cuerpo y espíritu, mucho más estrechas de lo que comúnmente se presume. Los íntimos movimientos afectivos se acompañan de sutilísimos y complejos procesos corporales de que no tiene conocimiento nuestra conciencia y que a su vez se relacionan con la vida psíquica. Por ello algunos biólogos hablan de paralelismo y otros de relaciones recíprocas. El estudio de las relaciones entre alma y cuerpo nos llevaría muy lejos, tanto más cuanto que todavía no se ha dicho la última palabra; pero todos sabemos a ciencia cierta las maravillosas relaciones existentes entre el cuerpo y el espíritu, por lo cual adivinamos los procesos psíquicos que tienen efecto en nuestros semejantes cuando estudiamos atentamente los movimientos corporales.

LA <> DE LOS OTROS BÁSASE TAMBIÉN EN LOS MOVIMIENTOS

Dama.-    ¡Respeto inspira nuestro cuerpo cuando merece tales encomios!
Psicólogo.-   Al menos existen motivos para merecerlos, pues la <> de nuestros semejantes es posible gracias al cuerpo. Los movimientos que son de <> para el observador son de <> para el observado.
Dama.-   Pero, ¿la <> se debe a la <>?
Psicólogo.-   En el adulto, sin duda alguna; pero con suma frecuencia observamos que los niños pequeños, las mujeres y los hombres salvajes y hasta los perros, seres todos ellos a los que suele adscribirse escasa o ninguna inteligencia, muéstranse extraordinariamente sensibles a la comprensión de sus semejantes, acaso mucho mas sensibles que las personas inteligentes.
Dama.-     ¡Protesto de que yo comprenda a mis amigos observando su cuerpo!
Psicólogo.-   ¿Protestaríais si dijese que los comprendéis <>?
Dama.- Claro está que no en absoluto.
Psicólogo.-  Pero en todo caso es exacto que la comprensión no se limita <> al corazón, sino que la totalidad del cuerpo es una especie de antena para la recepción de las ondas emitidas por las almas humanas extrañas, desde luego gracias a movimientos.
Dama.-  Sin embargo, permanezco inmóvil y creo que le comprendo y me comprende usted.
Psicólogo.-  ¡Se equivoca usted si cree que permanece inmóvil ! En primer lugar, sin apercibirse de ello, mi conversación pone en movimiento los tímpanos de sus lindos oídos y también una serie de complicadísimos órganos del aparato auditivo interno, movimientos que se transmiten mediante los nervios a las células nerviosas cerebrales, donde a su vez desencadenan otros invisibles movimientos. Los movimientos del tímpano terminan por alcanzar el corazón.
Dama.- Debe equivocarse; mi corazón permanece absolutamente tranquilo.
Psicólogo.-   Tal parece, pero si registramos los movimientos del corazón valiéndonos de sus aparatos registradores especiales usados en los laboratorios de psicología, se asombraría usted de las múltiples variedades de gráficas que se obtienen, y como las curvas registradas traicionan las mas insignificantes oscilaciones de los sentimientos.
Dama.-Si ello es así, en lo sucesivo no dejaré que registren gráficamente la curva de mi pulso.

LAS REACCIONES ANTAGONISTAS

Psicólogo.-   No necesito servirme de aparatos gráficos para adivinar sus sentimientos, pues los manifiesta por movimientos externos. Puede estar segura de que salen a la cara todos sus pensamientos, aunque se proponga otra cosa.
Dama.-  Ya reparan muchas veces en ello mis profesores...
Psicólogo.-  Precisamente, y ello porque la comprensión de otra persona depende parcialmente del cuerpo, aunque a veces faltan los movimientos para la comprensión. Comprendemos no solamente con los oídos, sino también con los ojos, la boca y la actitud del cuerpo.
Dama.-¡Eso son minucias!
Psicólogo.-  No del todo, aunque acaso lo sean en las divagaciones teóricas de nuestra conversación; pero existen casos donde la reacción corporal es sumamente típica.
Dama.-¡Ah! Ahora comprendo lo que usted quiere decirme. Primero me demostró que aquello que comprendemos es el inconsciente, y luego me convence de que carezco de conciencia en el momento de la comprensión.
Psicólogo.-  O al menos que con mucha frecuencia la conciencia desempeña un papel muy accesorio en la comprensión.
Un perrillo faldero que huye instintivamente de un enorme mastín que se le aproxima amenazador ha comprendido perfectamente la situación, importando muy poco la cantidad de conciencia que haya puesto en ello. En cambio, no ha comprendido la situación si permanece inmóvil y observa lo que puede ocurrir con todas las fuerzas de su conocer. Lo decisivo en la comprensión es la conducta <> del sujeto. Si yo hago ahora un gesto de amenaza, seguramente usted extenderá las manos para defenderse, movimiento completamente instintivo que tiene efecto <> de que se haya comprendido la situación inteligentemente. Aquello que denominamos comprensión es, en primer lugar, una reacción <> otro. Si ahora me replica, es una reacción <> mis palabras; y lo que sobre ellas piense, no siempre está <> con lo que digo, sino que se <>: es una reacción <> mi. Un buen esgrimidor encuentra instintivamente la parada, sin una clara conciencia de las intenciones del adversario.
Dama.-¿Y cuando me compadezco de un mendigo? La boca dice <>, no <>.
Psicólogo.-    La palabra sólo es correcta a medias. Al decir compasión queremos significar disgusto por las penas de otra persona, por consiguiente <>. Hasta estoy seguro que el mendigo cree que no le ha comprendido si no le <> algo.

LAS REACCIONES AGONISTAS

Dama.-  Pero yo también sufro <> otros, sufrimiento cuya causa reside en que tengo compasión de sus desgracias, como acaba de indicar.
Psicólogo.-     No discuto que la <>, según se dice científicamente, se acompaña muchas veces de <> ("sentir con"), aunque casi siempre se trata de <> ("sentir contra"); pero también en las reacciones simpáticas o agonistas juegan importantísimo papel los movimientos corporales.
Dama.-Sin embargo, yo no hago movimiento alguno cuando experimento compasión.
Psicólogo.-     Muchos más de los que usted se figura, pues cambia completamente su actitud.
Dama.- Pero es la consecuencia, no la causa...
Psicólogo.-  Su respuesta es una nueva pregunta; pero puedo afirmarle que los movimientos simpáticos son en muchos casos más bien causa que consecuencia. Cuando en una reunión social bosteza una persona, puede contagiarse el bostezo a otras, y caer todas en el aburrimiento. llegamos a un grupo donde se ríen, y reímos alegremente con los circunstantes, sin conocer la causa de la jovialidad. Durante ciertas revoluciones históricas suspiraron o lloraron convulsivamente muchas personas a causa del <>.
Dama.-Si, epidemias de histerismo.
Psicólogo.-  Quizá, pero solamente cuando se exageran patológicamente las reacciones propias del hombre normal. Aquellos movimientos inconscientes que ayudan a la comprensión los denominan los psicólogos <> y distinguen los antagonistas (en contra) de los agonistas (con). En los niños es mucho mas clara que en el adulto la <>.
Dama.-  Ahora le doy a usted la razón. Cuando examino atentamente una estatua paréceme que comprendo perfectamente lo que quiere decir su actitud.
Psicólogo.-¡Perfectamente observado! Tal compenetración constituye poderosa ayuda para la comprensión. El profesor de arte Lichtwark obligaba a sus discípulos a que imitasen mímicamente los gestos y las actitudes representadas en las obras artísticas que no habían llegado a comprender. El gran filósofo de la religión, Pascal, recomienda que cuando falta el sentimiento religioso se adopte la actitud de implorar, cruzando las manos, arrodillándose, etc., con lo cual suele despertarse el sentimiento religioso dormido. El psicólogo Ribot ha demostrado que las denominadas representaciones de movimiento se acompañan realmente del movimiento representado en la conciencia, y que nuestro pensamiento se refleja al menos con los gestos que hacemos al hablar. Es frecuente que pensemos <> cuando estamos excitados. Habitualmente repetimos las frases de nuestro interlocutor para comprender mejor su sentido.
Cuando concentramos intensamente nuestro pensamiento parece como si dialogásemos con nosotros mismos: mantenemos un monólogo interno. Cuando traducimos nuestros propios pensamientos en palabras es que <>. Resulta, pues, que el pensamiento está ligado a ciertos movimientos en tal manera que la comprensión tiene siempre una <>.
Dama.-Según lo que acaba usted de decir, parece como si la <>  fuera una función muscular; pero estoy convencida que cuando comprendo al mendigo no vislumbro su pensamiento en los rasgos del rostro, sino en lo que se figura mi <>.
Psicólogo.-  No se trata exclusivamente de la imaginación, pues las frases <>, <>, <>, expresan reacciones orgánicas a la contemplación de la desgracia ajena que tienen una realidad, como también la frase <> cuando un sujeto admira cariñosamente a un hijo.
Dama.-¡Vaya, otra vez volvemos a las glándulas de secreción interna!
Psicólogo.- No soy yo, es el pueblo el que dice <> cuando a alguien le embarga un sentimiento; como es exactísima la expresión <>, o <> para describir lo que pasa en nosotros ante una intensa emoción. Estará usted conforme conmigo en que no han <> la situación ciertas gentes que ante una ofensa <>, ante una tragedia, <>, o cuyo <> ante una gran emoción.
Dama.-  Veo que nuevamente confunde usted el efecto con la causa; en todos sus ejemplos se habla de la causa, no de los efectos.
Psicólogo.-  Creo que ya indiqué antes que la causa primaria de los acontecimientos psíquicos todavía permanece poco clara; pero está permitida científicamente la comparación del cuerpo con un aparato de radio, cuyo altavoz <> las emociones.
Dama.-  ¡Eso es materialismo! ¡Todo lo espiritual lo convierte usted en material!
Psicólogo.-¡Todo lo contrario!; si pretendo probarle que el cuerpo es algo más que sustancia material, y participa de la manera mas intensa en la vida psíquica. El cuerpo refleja siempre exteriormente el alma propia, pero también nos participa algo de las almas ajenas a través de nuestro propio cuerpo.


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